12. Hagan juego


 La situación se hizo insostenible. Tal vez debería haber previsto con antelación aquel choque de trenes, pero nunca pensé que serías capaz de plantarte en nuestra mesa con tu mejor sonrisa y ese aire de superioridad. En esa sonrisa se podía leer que ya habías ganado esta batalla. Y llevabas razón.

Después de tantos reproches y malas caras, el clímax llegó en forma de pregunta envenenada. “¿Con quién te quedas?”. Ser el centro de atención por un momento sólo sirvió para que mis nervios no me dejaran pensar con nitidez, y a la postre para enrarecer aún más el ambiente. Me creo estar en un maldito programa rosa de televisión, más cuando aún no sé cuál va a ser mi reacción.

Premeditado o no, recogí mis cosas y salí del lugar. Ahora era yo quien te abandonaba a tu suerte. No quise escuchar ni sus palabras ni las tuyas. Ponerse a razonar en aquel momento hubiese sido una mala decisión. Tiempo muerto, me dije. Fin del partido, pensé más tarde.

Con la cabeza llena de argumentos e indecisiones, había una cosa que resaltaba por encima de todo: tu mirada. Esa mirada, tan confiada y segura de todo, que habla en el silencio sobre momentos juntos, pasiones ocultas y deseos sin cumplir.

Tu mirada también sueña, se duerme entre las nubes y recuerda. Lucha consigo misma por buscar otra mirada, la mía, y por rehacer esa conexión, tan mágica y especial, que teníamos entre los dos. Necesito que me mires con anhelo, y que me digas al oído lo que realmente sientes por mí. No dejes pasar la oportunidad de hacerme feliz.

Y, casi como si me estuvieras leyendo el pensamiento, una frase ilumina la pantalla de mi teléfono: “Me sobra cama y me faltas tú”.

Baraja tus cartas.
Juguemos una mano más...

11. Cuenta pendiente

“El sentimiento es mutuo” - pensé cuando vi sus ojos repletos de odio clavados en mí.

Avancé hacia la mesa con la sonrisa insolente que tanto me caracterizaba. Era mi arma más habitual (y estudiada), ya que era consciente que aumentaba mi atractivo con un aire de picardía y autoconfianza. Sin embargo, en esta ocasión, añadía el firme propósito de dejarle constancia de que no me alegraba de verle.

Había tenido el presentimiento de que os encontraría y así había sido. Allí estabais los dos, tomándoos una copa en aquel concurrido pub. Nada más veros, no me lo pensé ni un segundo y me acerqué. Quizá me envalentoné por el hecho de que, tras mucho tiempo sin verle, parecía que hubiera envejecido más de 5 años y engordado al menos 10 kilos (o viceversa). Es posible que mi profundo resentimiento hacia su persona exagerara sutilmente (sólo sutilmente) mi percepción de su deterioro físico… pero de lo que no cabía duda es de que los años se habían portado mejor conmigo.

Con cierta satisfacción tras la comparativa, quise desfilar por delante de su cara con aire triunfal y dejar patente que, al menos en ese aspecto, seguía llevándole ventaja. Las carcajadas (para mi gusto, sobreactuadas) que habían precedido a mi llegada, se esfumaron con mi presencia. Me senté con vosotros sin necesidad de invitación. En ese momento, tuve que hacer acopio de toda mi chulería para no derrumbarme con tu mirada de incredulidad, a la que dediqué tan poca atención que no pude (ni quise) saber si con ella querías matarme por aparecer allí o morirte tú por encontrarte en esa situación y no tener dónde meterte. Seguramente, serían ambas cosas, ya que por experiencia sabías que esos encuentros de los tres no solían acabar bien.


La punzada que me dio el corazón al estar de nuevo frente a ti, tras más de una semana sin verte y un sinfín de llamadas sin contestar, me corroboró que todavía no había reunido el valor para enfrentarme a nuestros asuntos. Me obligué a arrinconar rápidamente mis reproches de resentimiento (con toques de añoranza) hacia ti. Y como es más agradable (y sencillo) desquitarse de los resquemores del pasado que aceptar (y solventar) los propios errores del presente, centré todos mis esfuerzos en que tu acompañante deseara salir corriendo de allí.

10. Ni contigo ni sin ti


Y al fin, delante de mí, decidió aparecer. Como si todo estuviera planeado para que me invadiese de nuevo y el objetivo primordial fuera clavar su bandera en mi corazón sin apenas darme cuenta. Decía que me echaba de menos, que todo había sido más complicado sin mi presencia. Mi actitud, por entonces reservada, se iba limando con cada halago suyo. No pude resistirme y decir que no a una petición de un inocente café.

Pero siempre le ha gustado ir deprisa, como si no hubiese mañana. Se dejaba llevar por los sentimientos del momento y su cabeza iba a su propio ritmo. ¿Recuerda cómo empezó todo? Se encariñó demasiado rápido, se dejó llevar a su manera, haciendo cosas que nadie haría por tal de sacar una sonrisa, por tal de hacerme ver que no había nadie igual. Era feliz disfrutando la vida así, haciendo más fácil la vida a los demás, según decía.

Esta vez, a pesar de sus intentos, yo seguía pensando en ti, en esa amistad a la que casi echó a perder por sus celos, por la que había empezado a sentir algo. En tan poco tiempo y como ya había hecho antes en el tiempo, había creado esa barrera invisible en la que los límites eran de su propiedad, así como sus ideales absurdos sobre lo que está bien y lo que está mal. Y a pesar de las imposiciones, estaba escrito el echarte de menos. Al fin y al cabo, me ayudaste mucho más que esa persona, que sólo te odiaba e intentaba separarte de mi camino por todos sus medios.

Pero también sería muy egoísta por mi parte no alabar sus cosas buenas y todos esos momentos en los que me hizo feliz. Claro que no hablaría muy bien a tus ojos por estar de nuevo a su sombra, aunque mi cabeza dijera que la situación era totalmente distinta.

Tomar una decisión sería hacer daño a alguien.

Debería elegir, pero ¿a quién?